"Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:" (Mc 3,6)

9 de junio de 2012

San Antonio Abad - Seminario Bíblico 2011-12 por FM Parroquial 105.1


  
Seminario Bíblico 2011-2012 “Cómo interpretar la Biblia” por FM Parroquial 105.1
Subsidio 40: Verbum Domini XII – Exégesis y Hermenéutica – La santidad como criterio de explicación de la Biblia I – San Antonio, abad.
 


La interpretación de la Sagrada Escritura quedaría incompleta si no se estuviera también a la escucha de quienes han vivido realmente la Palabra de Dios, es decir, los santos. En efecto, «viva lectio est vita bonorum». Así, la interpretación más profunda de la Escritura proviene precisamente de los que se han dejado plasmar por la Palabra de Dios a través de la escucha, la lectura y la meditación asidua. Ciertamente, no es una casualidad que las grandes espiritualidades que han marcado la historia de la Iglesia hayan surgido de una explícita referencia a la Escritura. Pienso, por ejemplo, en san Antonio, Abad, movido por la escucha de aquellas palabras de Cristo: «Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo» (Mt 19,21). No es menos sugestivo san Basilio Magno, que se pregunta en su obra Moralia: «¿Qué es propiamente la fe? Plena e indudable certeza de la verdad de las palabras inspiradas por Dios... ¿Qué es lo propio del fiel? Conformarse con esa plena certeza al significado de las palabras de la Escritura, sin osar quitar o añadir lo más mínimo». San Benito se remite en su Regla a la Escritura, como «norma rectísima para la vida del hombre». San Francisco de Asís –escribe Tomás de Celano–, «al oír que los discípulos de Cristo no han de poseer ni oro, ni plata, ni dinero; ni llevar alforja, ni pan, ni bastón en el camino; ni tener calzado ni dos túnicas, exclamó inmediatamente, lleno de Espíritu Santo: ¡Esto quiero, esto pido, esto ansío hacer de todo corazón!». Santa Clara de Asís reproduce plenamente la experiencia de san Francisco: «La forma de vida de la Orden de las Hermanas pobres... es ésta: observar el santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo». Además, santo Domingo de Guzmán «se manifestaba por doquier como un hombre evangélico, tanto en las palabras como en las obras», y así quiso que fueran también sus frailes predicadores, «hombres evangélicos». Santa Teresa de Jesús, carmelita, que recurre continuamente en sus escritos a imágenes bíblicas para explicar su experiencia mística, recuerda que Jesús mismo le revela que «todo el daño que viene al mundo es de no conocer las verdades de la Escritura». Santa Teresa del Niño Jesús encuentra el Amor como su vocación personal al escudriñar las Escrituras, en particular en los capítulos 12 y 13 de la Primera carta a los Corintios; esta misma santa describe el atractivo de las Escrituras: «En cuanto pongo la mirada en el Evangelio, respiro de inmediato los perfumes de la vida de Jesús y sé de qué parte correr». Cada santo es como un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios. Así, pensemos también en san Ignacio de Loyola y su búsqueda de la verdad y en el discernimiento espiritual; en san Juan Bosco y su pasión por la educación de los jóvenes; en san Juan María Vianney y su conciencia de la grandeza del sacerdocio como don y tarea; en san Pío de Pietrelcina y su ser instrumento de la misericordia divina; en san Josemaría Escrivá y su predicación sobre la llamada universal a la santidad; en la beata Teresa de Calcuta, misionera de la caridad de Dios para con los últimos; y también en los mártires del nazismo y el comunismo, representados, por una parte por santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), monja carmelita, y, por otra, por el beato Luís Stepinac, cardenal arzobispo de Zagreb. (Verbum Domini, 48).
 
La vida de los santos debe ser para nosotros “evangelio viviente” para lo cual es necesario conocerlos, porque son mucho más que meras estampitas o estatuas de yeso, imágenes de bulto que adornan las iglesias.
 
San Antonio, abad
 
El primer santo que menciona el Papa es san Antonio, abad, remontándose al monacato primitivo en el siglo IV. Se trata del anacoretismo o vida solitaria, en las afueras de los poblados en Egipto. San Antonio fue un gran impulsor de esta forma de vida cristiana que surge en comunidades de anacoretas junto a los oasis del desierto. Este movimiento monástico produce primero en forma oral y luego escrita las sentencias de los padres del desierto que quedaron recopiladas en las colecciones Apophthegmata, la doctrina acerca de los primeros anacoretas nos llega a través de estos dichos.
 
Apophthegmata son relatos breves en que toda la anécdota se centra en una dramatización de un dicho del protagonista. Las colecciones de dichos de los padres del desierto nos han llegado por una riquísima traducción manuscrita en griego, latín y varias lenguas orientales. Hay una colección alfabética (Antonio, Arsenio, etc.) y otra temática (virtudes y vicios).
 
La Vita Antonii o Vida de san Antonio
 
Es una obra de san Atanasio de gran importancia para la vida monacal, que contribuyó también para la conversión del sabio san Agustín. Benedicto XVI cita a san Antonio de este libro: Pienso, por ejemplo, en san Antonio, Abad, movido por la escucha de aquellas palabras de Cristo: «Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo» (Mt 19,21). (San Atanasio, Vita Antonii, 2).
 
Se trata de una obra “impregnada de lo sublime” aun cuando tipifica fuertemente el ascetismo cristiano, donde el autor aspira a atraer a los lectores a la imitación de la santidad de Antonio, y no sus milagros y visiones. El obispo de Alejandría (Atanasio) describe un tipo cristiano que era nuevo para su época: un carismático que hace milagros (Antonio) pero este carismático lejos de auto proyectarse, de auto promocionarse se remite a la autoridad episcopal. La autoridad carismática de Antonio reconoce y se une a la autoridad institucional como garantía de la ortodoxia en la fe.
 
Es posible que Atanasio tomara modelos literarios para escribir su biografía (Pitágoras, Apolonio de Tiana, Plotino, etc.) montada sobre el modelo clásico de vida del héroe, pero también es cierto que ve en el ascetismo cristiano una nueva manera de ser del sabio, en que se descubre la armonía y el equilibrio de la vida, la verdadera ciudad filosófica es la ciudad monástica.
 
Se destacan tres fundamentos en la obra para ayudarnos a aproximarnos e interpretar la vida de san Antonio, Así, la interpretación más profunda de la Escritura proviene precisamente de los que se han dejado plasmar por la Palabra de Dios a través de la escucha, la lectura y la meditación asidua. Estos son:
 
1)    El carácter evangélico de la vocación de Antonio
La conversión de Antonio se debió a una palabra que escuchó en una ceremonia religiosa «Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo– y luego vente conmigo» (Mt 19,21). Este texto bíblico lo afectó profundamente, de tal manera esa fuerza renovadora del Evangelio proclamado en la Iglesia lo transformó que durante toda su vida tuvo una vinculación especial con la Sagrada Escritura y la Iglesia.
 
2)    Caracteres de su vida
La Vita Antonii describe líneas maestras de la vida ascética. Antonio trabaja para comer y para ayudar a los hermanos, especialmente a los pobres y necesitados. Se consagra a la oración y a la lectura de la Sagrada Escritura como fuente inspiradora y animadora de su vida en imitación a Jesucristo.
 
3)    El carácter dinámico de la vida ascética
La vida ascética de Antonio no es estática sino un progreso dinámico, en que convertido al Evangelio es introducido en la dinámica de la perfección, que consiste en asemejarse cada vez más a Cristo.
 
Como vemos, el ejemplo de san Antonio, abad, nos abre las puertas de la santidad, que no es otra cosa más que imitar a Nuestro Buen Señor. Un gran carismático, que como tal supo ubicarse en el terreno institucional, no fue un transgresor auto promovido, sino un obediente al Señor y a la Iglesia. La Palabra de Dios lo transformó en un dinamismo vital para amar al prójimo como a sí mismo, ayudando a los necesitados.
 
San Antonio, abad, (+ hacia el 356) nos recuerda que debemos fortificarnos en la oración y la meditación constante de las Escrituras para aspirar a la perfección, que no es un anhelo imposible sino un permanente caminar hacia Jesucristo hasta que Dios transforme nuestra muerte en resurrección y alcancemos al fin nuestra meta, que es llegar a Él mismo. «Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme». (Mateo 19,21)
 

¡Palabra viva!


Mauricio Shara
 
Bibliografía:
Biblia versión argentina “El libro del Pueblo de Dios”
Benedicto XVI, Exhortación Apostólica postsinodal “Verbum Domini”, 48
Gabriel Mestre, “Para leer Verbum Domini”, Buenos Aires, Ágape, 2011, 49
Fernando Figueiredo, “Vida y pensamiento de los santos padres”, Tomo III, Buenos Aires, Lumen, 2007, 45-47
Ramón Trevijano, “Patrología”, Sapientia Fidei, Madrid, BAC, 2009, 200-205
Joseph Lortz, “Historia de la Iglesia I”, Madrid, Ediciones Cristiandad, 226-229

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